15 de marzo de 2015

LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (VIII)



LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (VIII)


LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL, Descubriendo la esencia de la autoridad de estos tiempos: http://jorgelojo12.blogspot.com.ar/2013/11/los-misterios-del-ser-presidencial.html


LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (III):

LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (IV):

LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (V):

LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (VI):

LOS MISTERIOS DEL SER PRESIDENCIAL (VII):


1.- CUATRO AMORES

2.- ASÍ NOS CONDENAMOS

3.- TENTACIÓN DE VENGANZA

4.- FUENTES DE AMOR-VIDA O DE ODIO-MUERTE

5.- EL ANTICRISTO PERSONAL, ESPÍRITU DE ADORACIÓN A SÍ MISMO, DESEO INFERNAL DE SER ADORADO

6.- LA MENTIRA QUE QUIERE CREER PARA NEGARSE A VER LA REALIDAD

7.- EL LAZO DE satanás


Capítulo I: CUATRO AMORES


 Normalmente deben surgir en el alma cuatro amores esenciales, son troncales, como ramas principales de un árbol, luego se abren y subdividen, se ramifican y especifican.

 El primer amor que debe surgir es el verdadero amor a Dios, el segundo es el verdadero amor a sí mismo, el tercero es el verdadero amor a los que nos aman y el cuarto el verdadero amor a los que no nos aman.

 Cuando la persona se convierte en ególatra, orgullosa, centrada en sí misma, anula estas cuatro fuerzas, impide que crezcan esos cuatro amores, que son cuatro formas de vida, expresiones de la vida que arde en su interior.

 Ella misma se va apagando, opacando, oscureciendo, extinguiendo, consumiendo porque se va negando a amar.

 Se impone no amar, odia, desprecia y corta estas ramas, guarda rencor estableciendo un dique, un límite, un cerco.

 De esta manera comienza con los sustitutos y así es como comienzan las abominables deformaciones infernales.

 Reemplaza o sustituye a Dios imponiéndose ídolos, adorando a cualquiera en su lugar, y también, reemplaza el amor a Dios con cualquier cosa, especialmente con el amor al dinero, el poder y el sexo.

 La verdad es que en el fondo se ama-adora a sí misma, se dedica egoísta y miserablemente a sí, o peor, a lo que en su interior ha forjado al negarse a amar-adorar a Dios.

 En su interior ha forjado un abismo de inmunda egolatría narcisista infernal, el abismo del ego que se genera al no amar a Dios, al negarse a Él, al renegar de Su Voluntad.

 Considerar que a Dios se lo ama obedeciéndolo, negando la propia voluntad, discerniendo Su Voluntad, eligiéndola, prefiriéndola, colaborando en Que Se Haga-Reine-Triunfe en nuestra vida, porque así es como nos entregamos-consagramos a Él, y entregarse es amar.

 Ese abismo de ego determina que la persona se convierta en ególatra, que engendre un abominable deseo desesperante y ardiente de adoración.

 Se consume buscando adoración con desesperación, angustia, se enfurece no obteniéndola y también cuando la consigue y comprueba amargamente que no la satisface, que no le es suficiente, exigiendo mas y mas, odiando mas, culpando a otros de darle poco.

 No ve ni quiere entender que se ha convertido en un abismo de egolatría narcisista infernal y que cuando se dedica a satisfacerse, lejos de saciarse, lo que obtiene es engendrar mas deseo de adoración, acrecentar su ego, la necesidad de saciarse.


Capítulo II: ASÍ NOS CONDENAMOS


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Lo que hace el adversario es tender trampas para imponer que no queramos amar, para que generemos una mala voluntad, voluntad de odiar, para que guardemos rencor.

 Cuando no queremos amar, cuando queremos odiar, así como cuando queremos guardar rencor, el alma se anuda, enrosca, retuerce, trenza.

 De ese enroscarse, anudarse, trenzarse, retorcerse como trapo de piso mojado, surge muerte, podredumbre, veneno, se pudre, ahí se produce ausencia de Dios.

 También ahí es donde los demonios se adhieren, cuelgan, sujetan, enganchan. Ahí es donde el alma esta podrida y los demonios pueden meterse, permanecer, asentarse.

 Ahí es donde pueden succionar vida a las almas, pues son como sanguijuelas espirituales, o infra-espirituales, lo que hacen es quitar vida, succionar vitalidad.

 Las trampas son para prestarnos como muy justo, oportuno, necesario y debido odiar, es algo que parece en beneficio propio ante las acciones u omisiones de otros o de Dios, porque cuando queremos odiar pueden fundirse con nuestra alma.

 No lo hacen de favor, no lo hacen por nuestro bien, lo hacen porque de esta manera ellos consiguen lo que quieren, buscan, desean, anhelan, necesitan.

 Cuando se cuelgan-adhieren-sujetan, obtienen lo que quieren porque pueden comenzar a succionarnos vida, quitarnos vitalidad. Esto lo hacen porque de esta manera alivian sus tormentos, salen de su infierno, disfrutan, usufructúan nuestra vida.

 Eso nos deja reducidos a un estado miserable, infernal y sufriente. No solo somos desgraciados ahora y padecemos como condenados, sino que estamos pudriéndonos en vida y encaminándonos a perdernos para siempre.

 No usamos el tiempo para crecer en amor, vida, espiritualidad, perfección, solo tenemos delirios orgullosos y odio, mientras que nuestra vida es consumida por demonios adheridos, colgados, ligados, enganchados. Así nos condenamos aunque en el mundo digamos que somos dioses, reyes, etc.


Capítulo III: TENTACIÓN DE VENGANZA


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Lo que hace el enemigo, satanás, es tender trampas para imponer que nos neguemos a amar en esas cuatro direcciones convirtiendo las fuerzas en voluntades de odiar, despreciar, aborrecer, destruir, rechazar o simplemente ignorar como si no existiera nada ni nadie.

 Siempre parece que obra en favor del alma, las trampas no son el odio por el odio mismo, sino que las presenta como si odiar fuese algo justo, necesario, urgente, debido, conveniente, etc.

 Para que le odio se presente de tal manera es necesario un padecimiento, dolor, opresión, castigo, humillación, desprecio, etc.

 No habiendo nada de esto, le es fácil empujar a las almas en derredor para que nos los prodiguen generosamente.

 También lo que hace es tentarnos para que formemos o generemos falsas expectativas, para que alimentemos deseos, o para que nos convenzamos de que otras personas deben conformarnos, satisfacernos, hacernos caso, obrar conforme lo que deseamos, queremos, esperamos, anhelamos, etc.

 Esto lo quiere porque al no conseguir dominar, someter, esclavizar, usar o disponer de otros, surgen las frustraciones, y de éstas, odios, broncas, deseos de venganza, etc.

 La venganza puede consistir en querer imponerse por la fuerza obligando a la otra persona, o puede consistir también en hacer padecer a esa persona, o bien puede consistir en buscar sustitutos y hacerse obedecer, adorar, servir, etc., por otras personas.

 Respecto de Dios las trampas que impone el adversario son similares, consisten en que nos tienta para que busquemos someter, usar, disponer de Él o su Fuerza-Espíritu-Voluntad, y para que nos frustremos-decepcionemos no consiguiéndolo, comprobando que Dios no es siervo ni esclavo de nuestro ego, ambición, caprichos, deseos, delirios, etc.

 Ahí consigue imponer el odio a Dios, la preocupación por sí y que terminemos dedicados a buscar satisfacción para nuestro ego haciendo en el mundo lo mismo que él hace, buscar adoración, hacerse obedecer, servir, seguir, aceptar, reconocer, etc., desafiando a Dios, tentándolo, oponiéndose a Él y burlándose de Él, como diciéndole en los hechos, ‘mira lo que hago, hago lo que quiero, ellos me dan lo que vos no me diste’.


Capítulo IV: FUENTES DE AMOR-VIDA O DE ODIO-MUERTE


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Lo que hace el adversario, satanás, es tender trampas para imponernos que no queramos amar, para que no desarrollemos esas cuatro fuerzas, voluntades, espíritus.

 Con trampas puntuales, a medida de cada uno, en la vida personal, logra que cerremos las puertas, que nos impongamos odiar, despreciar, aborrecer, rechazar, no amar, y así es como los cuatro puntos principales de salida, don, cuatro ríos de vida, se cierran.

 Generalmente siempre se trata de lo mismo, nos tienta para que queramos dominar, vencer, imponernos, hacernos servir, obedecer, adorar, aceptar, y no consiguiéndolo, la salida que nos ofrece es odiar como descargo y venganza de la frustración de las falsas expectativas que previamente alimentó.

 Eso en cada una de las cuatro direcciones, para cortar los cuatro ríos, vientos, fuerzas, voluntades, para imponer que no desarrollemos voluntad de amar en esas cuatro direcciones y para que generamos voluntad de odiar, aborrecer, rechazar, venganza, etc.

 Al no querer amar queda vacío, ese vacío se llena de tinieblas-oscuridad, de ausencia de Dios, ahí hay negación de Él, y es ahí donde se genera orgullo, amor propio.

 El alma se inunda de veneno, de orgullo, de amor propio, se convierte en ególatra narcisista infernal, mientras que hacia afuera vomita odio, desprecio, maldad, veneno, y siempre considerándolo algo justo, necesario, debido.

 Yace anudada, crece enroscada y retorcida, porque guarda rencor y hace esfuerzos para atrofiarse, para imponerse no amar, para tributarse a sí el amor y para dar odio a otros.

 Así transcurre el tiempo, y de esta manera lo usa para pudrirse en vida deformándose como demonio, convertirse en una inmunda abominación infernal que es la negación de lo que pudo y debió llegar a ser. Esto es fruto de no querer amar, de guardar rencor y de dedicarse a odiar.

 Lo que tenemos que hacer es empezar a buscar a Dios, discernir su Voluntad, negarnos a nosotros mismos colaborando en Que Su Voluntad Se Haga-Reine-Triunfe en nuestra vida. Ahí es donde puede purificarnos, limpiarnos, liberarnos y donde puede El Señor Salvarnos, Santificarnos, devolvernos a la Vida.

 Ahí puede Él verter su Espíritu en nosotros y hacerlo correr por medio nuestro, pero si tenemos las puertas cerradas, no lo recibimos, no nos limpia ni nos santifica y terminamos quedando encerrados auto-consumiéndonos, autodestruyéndonos.

 Comprender que Dios no puede obrar en nuestra vida y no es por incapacidad suya, sino porque no lo recibimos, admitimos, no lo dejamos, lo estamos rechazando, Él puede y quiere, pero no va a forzarnos, no va a imponerse.

 Comprender que si elegimos adorarnos y no amar, el alma se convierte en fuente de odio-muerte-destrucción-desgracia, pero si elegimos adorar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo, nos convertimos en fuentes de vida.


Capítulo V: EL ANTICRISTO PERSONAL, ESPÍRITU DE ADORACIÓN A SÍ MISMO, DESEO INFERNAL DE SER ADORADO


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Lo que hace el adversario, satanás, es tender trampas para imponernos su voluntad, la mala voluntad, o lo que podríamos llamar la ‘no-voluntad’, ‘ausencia de voluntad’, que es la voluntad de no amar, de odiar, despreciar, rechazar.

 Cuando elegimos no amar, cuando nos convencemos de odiar, despreciar, rechazar, comenzamos a provocar abismo, ausencia de Dios. Al no haber voluntad de amar, no hay lugar para Dios, que Es Amor, en nuestra alma.

 De a poco vamos haciéndole lugar al adversario, satanás, nos dedicamos a odiar, despreciar, rechazar, aborrecer, a hacernos adorar, servir, aceptar, ver, reconocer, etc., todo lo que el adversario hace y quiere.

 Con el correr del tiempo es el mismo satanás el que se halla presente en nosotros por medio de ese espíritu inmundo, ególatra, traidor, orgulloso que busca desesperadamente adoración, aceptación, reconocimiento.

 Así es como nos hemos fundido-confundido con el adversario, le hemos dejado que nos tome, que disponga de nosotros y nos use como títeres o marionetas para satisfacerse él en su venganza contra Dios.

 Así somos estúpidos orgullosos ególatras desesperados por lograr ser adorados a los que no les importa ni les interesa mas nada ni nadie, solo satisfacer su abismal e infernal ego, no viendo que en realidad están satisfaciendo a satanás, el cerdo infernal que así puede ir adentrándose, posesionándose, fundiéndose-confundiéndose y adquiriendo el alma para sí.

 De esta manera es como estamos condenándonos, y encima, como estúpidos delirantes de orgullo, seguimos drogándonos con soberbia, renegando de Dios, prescindiendo de Él y empeñándonos en practicar la inmunda egolatría narcisista infernal.

 Solo hemos generado una asquerosa voluntad de adorarnos y de hacernos adorar, o sea, engendramos un espíritu inmundo, un anticristo. Creemos delirantes de orgullo que somos dioses, reyes, etc., y nos dedicamos adorarnos y a hacernos adorar sin ver que en realidad pedimos adoración para ese espíritu asqueroso, repugnante y traidor que es el orgullo y que es el mismo deseo de adoración infernal, el anticristo personal.


Capítulo VI: LA MENTIRA QUE QUIERE CREER PARA NEGARSE A VER LA REALIDAD


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Cuando el adversario, satanás, logra imponer que no amemos en esas cuatro direcciones, nos mantiene encerrados en nosotros mismos, encerrados en sí.

 Obtiene que no generamos amar en esas cuatro direcciones sembrando miedos, dudas, provocando discordias, haciendo que apaguemos, cerremos, nos opongamos, nos volvamos a nosotros mismos cerrando puertas, cortando lazos.

 Esto lo hace sugiriendo pensamientos y transfundiendo sentimientos, haciendo que temamos por nosotros mismos, que tengamos miedo y desconfiemos, porque al temer por nosotros, es fácil odiar, despreciar, rechazar, no querer amar.

 También lo consigue a raíz de falsas expectativas que se ven decepcionadas, porque por la frustración que se genera, surge odio, desprecio y deseo de venganza.

 La cuestión es que, cerrados en esas cuatro direcciones, no queriendo amar, nos hallamos encerrados en nosotros mismos, hundidos, abismados, perdidos en el agujero infernal del ego y no haciendo otra cosa mas que practicar la inmunda egolatría narcisista infernal.

 Ahí es donde se genera una columna de humo negro, de tinieblas, de orgullo, de veneno. Eso es porque nos estamos quemando, ardiendo, porque nos consumismos a nosotros mismos mientras que desesperadamente buscamos adoración.

 Eso es fruto evidente de negarse a adorar a Dios, de no querer adorarlo a Él, de empeñarse en hacer caprichosa, obtusa, constante y desesperadamente lo que se nos viene en ganas.

 Considerar que es el estado normal de la generalidad de las almas, todas en estos tiempos son ególatras narcisistas infernales, unas mas, otras menos, pero nadie deja de practicar esto que es un verdadero satanismo y así es como tenemos a satanás metido en las almas y en el mundo.

 El alma ególatra cree que se alza, eleva, encumbra, diviniza, pero en realidad esta hundiéndose, sumergiéndose, y consecuentemente deformándose, transformándose en demonio, demonizándose, mientras que va creciendo su orgullo-delirio-fantasía, la mentira que quiere creer para negarse a ver la realidad.

 Quiere creer que es diosa, reina, etc., pero la realidad es que se esta convirtiendo en un demonio, se autodestruye, consume y deforma, se hunde en sí al no estar unida a Dios y no crecer hacia Él, al no amarlo-entregarse a Él.

 Solo se alza su delirio, su fantasía, su ‘yo’, pero esta convirtiéndose en un abismo infernal, esta muriendo en vida y hasta se condena al hallarse de paso por el mundo.

 Ve lo que quiere, cree que es diosa, reina, que se alza, pero esta delirando, y cada día se hace mas adicta-dependiente de la mentira, mas necesitada de ese veneno infernal, y es así como cada día se entrega mas a satanás y éste puede entrar mas esa alma maldita pudiendo hacer de ella y por medio suyo lo que se le antoje.


Capítulo VII: EL LAZO DE satanás


 En el corazón surgen cuatro fuerzas, cuatro amores, cuatro voluntades de amar: A Dios verdaderamente, a sí mismo verdaderamente, a los que nos aman y a los que no nos aman.

 Cuando nos negamos a amar en esas cuatro direcciones, estamos mutilándonos, cortándonos las ramas y terminamos hundiéndonos-encerrándonos en nosotros mismos.

 Nos convertimos en un abismo porque no hemos querido generar amor. En ese abismo, que es ausencia de Dios, estamos perdidos, hundidos, evadidos de la realidad.

 Ahí solo hay miedo, angustia, preocupación por sí, y como reacción se alza, levanta, eleva, un espíritu orgulloso, ególatra, una falsa personalidad por la que esperamos, queremos y demandamos ser amados, reconocidos, aceptados.

 Ese es un anticristo personal, es el mismo ‘yo’ imponiéndose como dios, demandando adoración, llenándose de orgullo y queriendo reinar, imperar, hacerse ver, adorar, obedecer, servir, satisfacer en todos sus vicios y necesidades.

 Parece salvador, parece que soluciona todo, pero es un ególatra caprichoso, furioso, un demente desesperado por ser adorado, un inútil, bueno para nada que termina por hundirnos en el abismo.

 Se convierte en nexo o lazo con el infierno, es la misma fuente de podredumbre, el lugar por el que los demonios desembarcan, se cuelan, establecen, instalan en nuestra alma adhiriéndose y succionándonos vida, quitándonos vitalidad y transformándonos a imagen y semejanza de satanás.

 Así es como nos convertimos en idiotas ególatras narcisistas infernales desesperados por lograr ser adorados, emperrados en satisfacer vicios y ambiciones, y a la vez, nos enmascaramos con discursos, mentiras, gestos, etc., para fingir que somos caritativos o que nos preocupamos por otros.

 Perversamente vamos buscando solo lo que queremos, ser adorados, vistos, obedecidos, servidos, tomados en cuenta, imponernos, y a la vez, vamos concretando los planes del adversario, satanás. Peor todavía, somos estúpidos convencidos que creemos las mentiras que decimos y las hipocresías que fingimos.

 Verdaderamente somos unos dementes ególatras infernales ajenos a la realidad, perdidos en el abismo oscuro, en la cueva de la inmunda egolatría narcisista infernal.

 Mas grave todavía es cuando personas así se alzan e imponen en el mundo y en la religión, son instrumentos satánicos para perder a otras almas, para destruir todo, arruinar, aniquilar, transformar, para imponer el reinado de satanás, la definitiva ausencia de Dios.

 Comprender que aquella alma que se deja dominar por este espíritu orgulloso, inútil, ególatra, narcisista, es un abismo y fuente del abismo del infernal, es el nexo con el infierno, el lazo de satanás, el miedo por el que puede controlar almas y naciones conduciendo todo a la destrucción final.

DESOBEDIENCIA ANTE LA INJUSTICIA IMPUESTA POR LEY:


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