9 de febrero de 2015

PARA QUE VIVA EL SEÑOR EN NOSOTROS



PARA QUE VIVA EL SEÑOR EN NOSOTROS


 Nos presiona, castiga y hace padecer el adversario, se echa encima para humillarnos, revolcarnos en el fango de la humillación sometiéndonos a asquerosos tormentos, horribles castigos infernales ya desde ahora.

 Convierte la existencia en un infierno, la vida en este mundo en un horrendo y maldito infierno, un castigo constante noche día.

 Lo hace porque sí, porque quiere demostrarnos que es mejor. También porque tiene miedo y se halla desesperado por controlarnos. También lo hace porque es un resentido odioso, esta orando por despecho.

 Ha perdido frente a Dios, se cobra venganza, nos humilla, aplasta y castiga a nosotros. Con esto lo desafía y provoca a Él, se burla y ahí se cobra su maldita venganza.

 La verdad ya no importa porque lo hace, la cuestión es que lo hace y pasar por el mundo es un castigo insufrible, es un maldito infierno para las almas.

 No importa lo que sucede, ni lo que sucederá, estamos acá como en el infierno y esto no va a cambiar, lo que debemos hacer es aprovechar la desgracia presente para purificar el alma y vitar perdernos para siempre.

 Si nos resulta repulsivo abominable, asqueroso e insoportable lo que es el mundo sin Dios, considera que el infierno es peor y que eso es solo una anticipo, una antesala, un aviso, el comienzo.

 Por ello es que hay que usar la desgracia presente para negarse a sí mismo, dejar de querer imponerse caprichosamente siempre, dejar de desafiar a Dios, dejar de querer dominarlo, hay que rendirse, morir a sí mismo y buscar la Voluntad de Dios.

 Tenemos que dejar de decir ‘yo quiero’, como lo hacemos cuando estamos presionados, castigados, atormentados, oprimidos, humillados, perseguidos, etc., porque eso es lo que pretende generar el adversario, que insistamos con aquello que queremos. Ahí es donde concretamente debemos morir-renunciar a nosotros mismos.

 Ahí tenemos que decir “FIAT”, “Que Se Haga Tu Voluntad, Señor”, rindiéndonos completamente, renunciando absolutamente, poniéndonos a su disposición, dejando de querer conseguir lo que queremos por miedo y como autodefensa contra el dolor.

 Ahí es donde hay que confiar en El Señor y seguir adelante, porque lo importante es que ahí nos liberamos de nuestro ser inferior, instintivo a veces, racional otras veces, pero que siempre quiere prevalecer sobre Dios.

 Ahí es donde aceptamos a Dios y donde Él puede entrar en nosotros, donde nos fundimos con Él y donde pasa a Vivir-Ser Él en nosotros, y en el mundo por medio nuestro.

 Es ahí donde se produce la muerte mística, donde dejamos de ser para que pase a ser Él.

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