23 de junio de 2013

3.2. EL REFUGIO SEGURO



3.2. EL REFUGIO SEGURO

 Como no amamos ni queremos, al Venir-Volver El Señor, nos castigamos a nosotros mismos, nos perjudicamos, porque si hubiese amor y voluntad de amar en el corazón, podríamos seguir al Señor, no odiarnos ante La Luz Verdadera Que Ilumina el alma.

 No nos perjudican otros, nos castigamos nosotros porque no tenemos amor, ni tenemos voluntad de amar, de manera que se impone la voluntad de odiar, de maltratarnos y renegar, nos vence y aplasta.

 Ocurre lo mismo en el momento de la muerte, el alma ante Dios se conoce, ve, comprende, y ante El Que Es La Verdad, no miente ni puede, ni quiere, sino que confiesa la verdad, por lo que, si no hay amor, enloquece, se enfurece, se envuelve en sus propios demonios y es arrastrada como ganchos y cadenas al infierno, donde quiere ir enloquecida escapando de la Luz, de Dios, porque esta aterrada y teme por sí, y porque supone que escondiéndose en oscuras cavernas infernales estará a salvo.

 Siempre se dijo que el mejor patrón de una buena muerte es una buena vida, debido a que lo que generamos, gestamos, acumulamos en el corazón mientras pasamos por el mundo, es lo que realmente tenemos, y es con lo que nos presentamos ante Dios.

 Ahí se comprenden las vanidades y todo es juzgado a La Luz Verdadera, en el Sol de Dios Brillante e irrefutable, porque el alma puede ver y verse, conocer y conocerse, comprendiendo todo en su justicia, en lo que es.

 Desgraciadamente, a ese momento las almas llegan sin preparación alguna, es decir, el paso por el mundo se ha tornado una verdadera abominación desoladora, por ello las almas se presentan ante Dios sucias, vacías, repulsivas, chorreando inmundicia, con miedo, preocupadas por sí, vacías por completo de amor, y no solo con las manos y el corazón vacíos de cosas buenas, sino llenos de cosas malas que acusan.

 Ante Es Luz Verdadera, ante Dios mismo, las impurezas quema, atormentan, torturan, porque hierven por combustión espontánea, no es Dios el que castiga, sino la propia inmundicia repulsiva acumulada la que se inflama y vuelve como llagas, luego explota y deja caer su fermento inmundo de pus, y ahí el alma enloquece de dolor.

 Ahí es que las almas odian a Dios, lo aborrecen, lo culpan y acusan, pero, siguen faltando a la verdad, y padeciendo su voluntaria carencia de Fe, odiando a Dios como responsable de su dolor y exigiendo ser liberadas para precipitarse a las profundas cavernas infernales.

 Por supuesto que hay almas que se salvan, algunas caen en el purgatorio, otras en esa zona fronteriza y tormentosa entre el purgatorio y el infierno, que es el limbo inferior. Desgraciadamente casi no hay almas que lleguen al último instante puras, limpias, santas, con amor y aptas como para entrar en El Cielo y ver a Dios, permanecer en Su Presencia.

 Ahora estamos ante un hecho novedoso, aquello que se ha denominado como “Gran Milagro”, que es una Revelación Especial de Dios, una intervención milagrosa en el mundo, una venida Mística, misteriosa. El Que Es La Luz, Viene-Vuelve, se halla Vivo y Presente en forma Mística entre nosotros.

 Esta intervención milagrosa o Paso del Señor, es debida al Santo Sacrificio de sí realizado por las almas que han renunciado a Su Voluntad para aceptar a Dios y recibir al Señor, para permitir su Revelación y perpetuar Su Llama Viva en el tiempo.

 Esta Venida-Paso-Presencia Viva del Señor, tiene el mismo efecto antes descrito que La Luz de Dios en el instante de la muerte.

 Es como un juicio final, pero, intermedio, particular, y es general porque es para todos, pero es particular porque a cada uno es a medida, El Señor Se Revela e interviene personalmente y a la medida de cada uno, en la vida particular, personal.

 Lo que tiene de bueno, novedoso y milagroso, es que al ocurrir en el tiempo, mientras estamos de paso en el mundo, podemos corregirnos, es decir, en vez de hundirnos y perdernos en el abismo propio quedando eternamente atrapados y exigiendo ser condenados al abismo eterno, podemos hacer un esfuerzo-sacrificio de confianza en Dios y pedir humildemente perdón y misericordia, ofrecer reparación y pedirle a Él una Vida Nueva.

 No vino El Señor a castigar, humillar o condenar, sino a Salvar, por ello, debemos confiar en Él y no huir, sino acercarnos al Sol de Dios, a Su Luz Verdadera, esforzarnos por entrar con confianza al seguro refugio de sus brazos, reposando la cabeza en Su Corazón.

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