23 de junio de 2013

3.1. VINO PARA SALVAR



3.1. VINO PARA SALVAR

 Somos unos egoístas orgullosos enfermizamente apegados a nosotros mismos que no nos importa nada de nada ni de nadie. Es constante, obsesivo, ya ha dejado de ser voluntario para llegar a ser enfermizo e irremediable, no podemos dejar de pensar en nosotros, el ‘yo’ esta delante de nosotros y no podemos descartarlo.

 Si el ‘yo’, esta delante, lo tenemos en la frente pegado, es porque estamos de cabeza, hundidos, abismados en nosotros, doblados al medio, con la cabeza enterrada en el ombligo y hemos sido mas que ególatras, porque el lugar del ‘yo’, es atrás, como sombra, nunca delante, la única manera que se nos anteponga e interponga, es si dejamos de mirar a Dios, a Su Sol de Verdad, Luz Verdadera, Su Corazón.

 No hemos querido renunciar a nosotros mismos, por ello estamos ahogados en el amor propio-preocupación por sí que hemos generado al pensar obsesiva y exclusivamente en nosotros, en el ‘yo’.

 Si hubiésemos hecho caso a Dios, el ‘yo’, hubiera quedado atrás, en su lugar, y no hubiera crecido desmedidamente hasta sepultarnos, pero como no lo hicimos, no quisimos, estamos a merced de sus insaciables caprichos y nos atormenta, castiga, maltrata, odia, porque no le damos gusto y satisfacción a sus demandas-exigencias.

 Lo único que hay en nosotros es orgullo, o sea, amor propio, una inútil preocupación por sí que crece, nos ahoga y sepulta, que es también como una víbora que constriñe, estrangula, matándonos lentamente con sumo dolor mientras estamos conscientes de ello, y por eso, padeciendo grandes tormentos.

 Al Venir La Luz al mundo, al volver El Señor, El Que Es La Luz, como nos hallamos en tan lamentable y decadente estado espiritual, sentimos miedo, nos preocupamos y retrocedemos, nos escondemos, o sea, le presentamos una frente desafiante, un echo orgulloso y duro, queriendo creer que somos fuertes, grandes y perfectos, pero al instante nos derrumbamos como la nada que somos comiendo el polvo del propio vacío y de la gran desolación en la que nos hemos convertido.

 Quedamos postrados, aplastados, desmoronados, desvanecidos, naufragando en la propia miseria solo para seguir teniéndonos mas y mas lástima, autocompadeciéndonos, y renegando, donde acumulamos odio y generamos bronca, odiándonos mas a nosotros y mas a todos.

 Nos estamos autodestruyendo, aniquilando, somos un cúmulo de lamentos que se autocompadece, se tiene lástima y lamenta preocupándose inútilmente por sí.

 Abatidos, desmoronados, enterrados vivos, sucumbiendo en la propia nada miserable, nos odiamos y odiamos, no hay amor, lo que redunda en la autodestrucción, aniquilación, porque es como ‘el crecimiento cero’, que imponen a las naciones para ahogarlas, aplastarlas, arruinarlas, sumirlas en la ruina y miseria matando a sus habitantes de hambre, pestes y guerras.

 Ante el orgullo aniquilado, desmoronado, no hay defensa ni protección, estamos desnudos ante Dios y como Adán y Eva, tenemos vergüenza, y justamente de esto se trata, hemos perdido la pureza y frente  Dios nuestra oscuridad nos acusa, se rebela, opone, nos maltrata, nos vemos sucios, chorreando inmundicia, como si estuviese el alma empetrolada.

 No Viene Dios a castigarnos, no Vino El Señor a condenar, ni lo Envió El Padre a condenar, El Señor Es Salvador y Vino para Salvar, sino no sería fiel a Su Nombre, Jesús, “Dios Salva”.

 Debemos vencer el miedo, la desconfianza, no debemos acusarnos a nosotros mismos, comprender sí que hemos pecado, errado, que hemos obrado mal, pero, no odiarnos ni castigarnos por ello, tenemos que perdonarnos, aceptarnos y es ahí donde realmente el orgullo se ve aniquilado, diezmado, derrotado.

 Si no nos perdonamos luego de haber comprendido que hemos obrado mal, el orgullo sigue activo, el amor propio se sigue generando y nos seguimos ahogando, porque nos odiamos, aborrecemos por orgullo, en cambio, si hay perdón, aceptación, muere el alma místicamente y es limpiada, purificada y liberada.

 Tenemos que dejar de atormentarnos, de autocastigarnos, porque nos estamos hundiendo y sumergiendo peor, no Vino El Que Es La Luz Verdadera a condenar, castigar o a hacer padecer, Vino a Salvar, pero si no dejamos, si nos oponemos, nos perdemos.

 Primero es necesario escuchar y comprender en lo que hemos obrado mal, porque Él nos lo dice o Revela para que adquiramos humildad aceptándolo, muchos acá huyen, escapan y se rebelan, insisten con su orgullo o acusan a terceros, incluso a Dios mismo o fingen no ver la Verdad hasta que creen sus mentiras y quedan irremediablemente atrapados en ellas y volviéndose sus esclavos serviles.

 Acto seguido es perdonarse cuando La Luz Verdadera, de Dios, Divina Esencia, entra en nosotros, porque vemos-comprendemos toda la miseria, como si entramos a una cueva oscura y húmeda con una luz potente, vemos lo que ni imaginábamos que estaba ahí.

 Así es como día a día, El Señor nos va limpiando, purificando, purgando, renovando, así es como hace nuevas todas las cosas, porque vino para eso, para Salvar, pero necesita que colaboremos, por ello es que dijo que debíamos seguirlo.

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