22 de junio de 2013

1.3. MORTALMENTE MISERABLES, ESCLAVOS DE SÍ



1.3. MORTALMENTE MISERABLES, ESCLAVOS DE SÍ

 Viendo o temiendo perder algo o a alguien, nos movemos, nos levantamos, sacudimos el polvo y aniquilamos la quietud indiferente donde nos hallamos ocultos, abismados y perdidos para tratar de evitar la pérdida.

 Hay algunas pérdidas que son irremediables, inevitables, así como hay algunas que son temporales, lo importante y que hay que ver siempre es que no nos movemos por buscar a Dios y lo hemos perdido ab initio, es decir desde el principio.

 Desde el inicio estamos apartados de Dios, separados, y padecemos su vacío, falta, ausencia, luego lo sustituimos, permanecemos indiferentes ante un hecho trascendental, capital de la vida porque instintivamente lo reemplazamos adorando a otros en su lugar, exigiendo ser satisfechos, conformados, adorados, tomados en cuenta etc.

 En tal sentido el lugar de Dios lo ocupan los padres, o quienes los reemplacen en su ausencia. Eso se prolonga en el tiempo según la vida de cada uno, pero siempre vamos de reemplazo en reemplazo, de sustituto en sustituto colgándonos, adhiriéndonos, exigiendo que nos amen, adoren, miren, presten atención, hagan caso y pertenezcan.

 Somos y seremos egoístas que solo pensamos en nosotros mismos, en la satisfacción personal, porque estamos como demonios, colgándonos de otros, nos adherimos y los obligamos a que nos adoren, amen, miren, resten atención, hagan caso, sirvan, etc., pensando siempre en nosotros, no considerando que alguna vez debemos amar, dar, compartir, siquiera sembrar lo que exigimos y sacamos a otros.

 Como verdaderos demonios pretendemos vivir de la vida ajena, porque al exigirles que nos amen, miren, presten atención, adoren, hagan caso, etc., les estamos pidiendo la vida, que vivan por y para nosotros, porque nosotros queremos vivir en y de ellos.

 Así es que nos volvemos manipuladores, dominadores, posesivos, absorbentes, sobreprotectores, pues queremos asegurarnos pertenencia de aquellos que tenemos como víctimas y esclavos.

 No lo notamos, pero, por egoísmo miedoso, porque no queremos crecer, madurar, amar, estamos convirtiéndonos en demonios, hacemos lo mismo que éstos, y al final somos cómplices suyos porque nos oponemos a Dios en nuestra vida y en la de otros, debido a que queremos ser adorados en su lugar, para acabar excluyendo a Dios, desterrándolo, negándolo, incluso aunque hablemos de Él o sobre Él todo el tiempo, debido a que estamos desesperados por lograr que nos presten atención, por obtener ser adorados y así aliviarnos momentáneamente como drogadictos espirituales con soberbia de esa sed infernal de adoración.

 En vez de andar dando vueltas por la crearon buscando por quién lograr ser amados, adorados, satisfechos, conformados, servidos, etc., debemos considerar que somos nosotros los que no estamos sembrando lo que queremos obtener o cosechar.

 Hay que considerar que no estamos amando a Dios, que lo que nos falta es Él desde el principio, que debido al efecto del pecado original, lo hemos perdido y estamos perdiéndonos en tinieblas porque no lo buscamos ni queremos volver a Él.

 Nos conformamos con parches, sustitutos, es decir, obrando como demonios, volviéndonos depredadores espirituales que succionan la vida a otros, que les quitan vitalidad y luego los descartan para buscar una nueva víctima, como si se tratase de vampiros espirituales, o mas bien de zánganos o sanguijuelas.

 Hemos llegado a ser sumamente mediocres en lo espiritual, cuando no mortalmente miserables, abominablemente infernales, porque no amamos, ni queremos, no nos interesa, solo pensamos en obtener adoración y gloria, no nos importa mas nada de nada, ni de nadie, somos unos celosos de nosotros mismos, un embuste, una trampa, o como dijo El Señor en Su Primer Paso por el mundo, un sepulcro blanqueado, tumba disimulada que destila hipocresía.

 Como somos celosos de nosotros mismos y nos dedicamos a conformarnos, no vemos que somos en realidad, esclavos de nosotros mismos y que estamos conformando a un cerdo infernal que no cesa de crecer exponencialmente con cada satisfacción que obtiene, de manera que al instante siguiente, reclama mas y mucho mas sin cesar.

 Simplemente tenemos que dejar de conformarnos, dejar de saciarnos, pues cuanto mas lo hacemos, mas necesitamos y mas insatisfechos nos encontramos, cayendo en un horrible círculo vicioso del que no saldremos nunca para acabar por perdernos eternamente.

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