25 de abril de 2013

Lección Nº 60, La bestia que surge de la tierra



Lección Nº 60, La bestia que surge de la tierra

 Siempre tiende trampas el enemigo, a veces aprovecha las circunstancias, otras, las provoca, pero, siempre se nos echa encima cubriéndonos con un manto oscuro, hundiéndonos con su peso, y sugiriéndonos sus mentiras para lograr determinar nuestra conducta, modificar la voluntad, manipularla, construirla a su gusto.

 Las trampas siempre esencialmente consisten en lo mismo, es como si nos dijera, ‘Dios no te quiere’, y la habilidad esta en sugerir o imponer tal creencia a partir de las circunstancias en las que nos hallamos, por ello busca algo que nos preocupe, que queramos, que no queramos, etc., y ahí comienza a golpear, como hachazos para derribar el árbol, un solo golpe es nada, pero, la sucesión de éstos, logra quebrarnos.

 Nos hundimos, encerramos, desmoronamos, caemos en nosotros y ahí nos convencemos, persuadimos de lo que nos sugiere el enemigo, llegamos a creer que no somos ni seremos amados, no pudiéndonos librar de ésta insidiosa y pegajosa mentira, de este aguijón infernal.

 Ésta es la razón por la que debemos dejar de ser orgullosos, es decir, dejar de querer arreglarnos por cuenta propia siempre, y confiar en Dios Verdaderamente, reconocer que nuestra espiritualidad, culto, religión, han llegado a quedar obsoletos, a ser insuficientes ante el asalto de las tinieblas, la embestida infernal, el avance del adversario y los suyos en el mundo y en nuestra misma alma.

 Orgullosamente satisfechos de nosotros mismos, como los fariseos y maestros de la ley de antaño, no queremos admitir que nos hace falta un Salvador, no queremos ver que tenemos necesidad de Dios, por ello, ante los odios sordos de estos tiempos y los ojos ciegos que deliran de soberbia, hablarán los hechos, cuando nos veamos postrados en el fango envidiando incluso la suerte de los cerdos como el hijo pródigo, comprenderemos que somos orgullosos, veremos que es inservible nuestro amor propio, y que tenemos que humillarnos, inclinar la cabeza, volver a Dios para vencer a los enemigos espirituales que nos están devorando, destrozando, diezmando, e incluso, usando en contra nuestra y hasta para hacernos pelear entre nosotros.

 Ante las dificultades o pruebas, desgracias y consecuencias que se ciernen sobre la humanidad en estos tiempos, comprobaremos que son nada, inútiles los ídolos, pues por mas que recurramos a ellos, veremos que no van a venir en nuestro auxilio, solo y simplemente porque son ídolos, invenciones, no existen, o en el peor de los casos, son demonios y siempre huyen ante el problema acusándonos y dejándonos solos en ruinas.

 No ha querido Dios esta hora, pero, la hemos buscado y querido desesperadamente, no hemos querido hacer caso d las señales, advertencias, revelaciones, no nos ha importado nada de nada, ni de nadie, solo defender-proteger nuestro orgullo, alimentarlo, satisfacerlo, darle todo el gusto, llenándonos así de desprecio, de desamor, vaciándonos de Dios, de amor, de voluntad de amar, construyendo vanidades e hipocresías.

 Tales vanidades y cosas inútiles que llamaos, ‘religión’, ‘culto’, espiritualidad’, etc., son expresiones del orgullo, amor propio, del deseo de ser reconocidos, amados, tomados en cuenta, aceptados, y son uno de los sentidos que encierra la imagen de la bestia surgida de la tierra.

 La bestia que surge del mar, simboliza que surge de la falta de fe, de la confianza en sí, en la propia capacidad humana, mientras que la surgida en la tierra, simboliza que surge de una fe errada, distorsionada, adulterada, falsa, es esa deformidad espiritual que crece o se forma en nosotros y que es solo orgullo-amor propio-humo-tinieblas.

 Eso es el mismo reino o presencia del adversario, su dominio en nosotros, y encima, lo defendemos-protegemos rechazando a Dios cuando deberíamos esforzarnos por recibir al Señor Que Es Nuestro Salvador.

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